Algunos importantes pensadores, como es el caso de mi afamado colega Steven Pinker, afirman con datos supuestamente demostrativos que la especie humana es ahora más feliz que en tiempos pasados y que, por tanto, el progreso en general ha aumentado nuestra felicidad. Yo he defendido en mi libro “El mundo necesita terapia” no la idea contraria, también sostenida por diversos autores, sino la simple irrelevancia del progreso para la felicidad humana, el hecho de que globalmente no puede afirmarse que ahora seamos ni más ni menos felices que en toda nuestra historia anterior de cientos de miles de años. Hay poderosos argumentos desde la Psicología y desde la biología que fundamentan esta consideración, si bien la polémica inicial está en el propio concepto de felicidad.

Pero incluso tomando en cuenta otras consideraciones ajenas a la psicología, que es la disciplina más competente para abordar esta temática, tengo la impresión de que los defensores del progreso como catalizador de nuestra felicidad pasan por alto o minimizan algunas preguntas y cuestiones de profunda relevancia:

En primer lugar, ¿qué debemos considerar más determinante a la hora de tomar decisiones sobre el diseño de nuestros sistemas de vida? ¿Aquello que consiga aumentar al mayor nivel de vida posible al mayor número de personas, o aquello que reduzca al mínimo posible el número de personas que viven por debajo de un nivel de dignidad? En definitiva, ¿se trata de que haya más personas felices en el mundo, o de que haya el menor número de personas envueltas en sufrimiento? El hecho es que una cosa no lleva necesariamente a la otra, sino que, precisamente, a menudo una cosa ocurre a costa de la otra. Durante los siglos XVIII y XIX las jerarquías blancas de Norteamérica, particularmente del Sur, vivían con altos estándares de riqueza y calidad gracias a la esclavitud de la minoría negra. ¿Qué legitimidad y licitud queremos otorgarle a eso? ¿Se puede afirmar sin más paliativos que, gracias a la esclavitud, esas élites eran más felices que en otros tiempos? De modo similar, muy buena parte de eso que llamamos nuestro elevado nivel de vida actual ocurre, necesariamente, a costa de someter a una vida indigna a buena parte de la población mundial, en tanto que en nuestro planeta de límites geográficos, materiales y energéticos limitados no son posibles nuestros estándares de vida en el primer mundo sin la existencia de un tercero utilizado como mano de obra barata, proveedor de materias primas y vertedero de los desechos más contaminantes. En función también de la sensibilidad y dignidad que queramos otorgar a otras especies animales, cabe además preguntarse cuán lícito es sostener determinado nivel y modo de vida a costa de estar provocando la sexta extinción masiva de especies, a costa de la dominación y eliminación en su casi totalidad de cualesquiera otros seres vivos que no sirvan a los intereses de nuestra gastronomía o de nuestra diversión. Como mínimo, hay que dejar de lado toda consideración ética para afirmar, sin más, que ahora vivimos mejor que nunca.

En segundo lugar, cuando se trata de valorar el sufrimiento y la desgracia humana, es planteable si los números absolutos no son mucho más importantes que los números relativos, que los porcentajes. Es decir, supongamos que cuando había un millón de habitantes en la tierra, hipotéticamente un 30% de esa población, es decir, unos trecientos mil humanos, vivían de manera mísera y desgraciada; y supongamos que con siete mil millones de habitantes ese porcentaje de indignidad se haya reducido al 10%. Eso significaría que hay setecientas mil personas con altos niveles de sufrimiento. ¿Es este 10% una mejora real sobre el anterior 30%?

En tercer lugar, considérese el siguiente ejemplo: si tenemos un grupo humano que se dedica a consumir estupefacientes, como es el caso de la cocaína, y como resultado de ello vive en la fiesta continua y desarrollando un gran rendimiento, ¿podemos afirmar sin tapujos que son más felices que quienes no consumen cocaína? Afirmar que sí sería de un simplismo profundo, pues supondría perder de vista el efecto cortoplacista de ese bienestar, y la manera en que con una mirada temporal más amplia están destruyendo su organismo y gestando una segunda mitad de su vida de probable penuria. El ejemplo es relevante si consideramos que la humanidad lleva mucho tiempo de fiesta, a base de «esnifarse» el medio ambiente en todas sus formas, contaminándolo y destruyéndolo masivamente por tierra, mar y aire, y profundizando así en un proceso de colapso ecológico y civilizatorio cuya factura solo puede seguir aumentando progresivamente con la dirección actual.

Bastante más importante que el hecho de estar bien o mal son las cuestiones acerca de cómo y por qué se está bien, o cómo y por qué se está mal. Y ello introduce una complejidad nada obvia en el asunto.