El modelo de vida capitalista, con su última y acelerada revolución de la información, no es sino la última expresión histórica del paradigma del ego en el que se instaló la especie humana, y ha normalizado de manera globalizada un relato en el que:

Ya no somos fundamentalmente personas, sino recursos humanos.

No atendemos donde están las necesidades humanas, sino donde hay demandas económicas.

No existe una naturaleza a la que pertenecemos y en la que habitar, sino recursos naturales que explotar (forestales, hídricos, minerales, energéticos…).

Los animales ya no son especies vecinas con los que convivir, sino alimento, mascotas, recursos turísticos o estorbos.

No identificamos fundamentalmente lo que necesitamos, sino que construimos nuevos deseos.

No vemos las carencias, sino nichos de mercado y posibilidades de negocio.

No buscamos el equilibrio, sino la expansión.

La suficiencia ya es mediocridad, porque se trabaja para la abundancia.

Corremos de continuo, y así no paramos de alejarnos.

Nos hiperconectamos con lo de fuera, y de este modo nos vamos autodesconectando.

Expandimos las redes de datos e información, y vamos abandonando los lazos y la comunicación.

Competimos hacia la felicidad, y vamos dejando en el camino los peores sufrimientos…

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