Estoy convencido de que ningún General, por muy laureado y condecorado que esté, puede dirigir apropiadamente a un batallón de guerra si él mismo no ha pasado ya antes por la guerra. En el mismo sentido, he desarrollado la convicción de que cualquier buen profesional de la psicología y la terapia procede de amplias experiencias personales de sufrimiento, ante las que más que quedar varado y desorientado tuvo la capacidad de extraer algún modo de fortaleza y sabiduría.
La tristeza bañando los huesos, algún tipo de sentimiento prolongado de soledad o marginación, el vacío de sentido y, en definitiva, diversas formas de dolor psicológico han tenido que acompañar en periodos duraderos de la vida a quien ahora ha de trabajar con lo más hondo y sutil de las personas. Y esto no es algo elegido, ni puede pertenecer a ningún programa de estudios. La profundidad de mirada, la sensibilidad y el discernimiento que derivan de esas experiencias bien remontadas no pueden ser compensadas con ninguna formación reglada, con ninguna pila de libros, ni con ninguna cantidad de pacientes y cursos en el currículo.
Y esta verdad, tan incómoda como real, nos conecta con otra: en esta profesión, tal vez más que en ninguna otra, no es tan importante saber muchas cosas como saberlas bien, no es tan importante conocer como integrar, predicar como practicar, o hacer acopio de conocimientos como vivirlos.
Comentarios recientes