A cualquier posicionamiento ideológico o a un conjunto de creencias, ya sea políticas, religiosas, morales o de cualquier otro tipo, nunca se llega (ni se rebate) a través del razonamiento, la argumentación lógica y los datos más completos y objetivos disponibles. Bien al contrario, cuanto más fuertes son estas facultades de la inteligencia, más capaz se es de proteger los sesgos que reafirman estas ideologías y creencias, las cuales siempre se forjaron previamente a través de nuestra historia personal y cultural, y de nuestras improntas y condicionamientos emocionales.

El bucle cerrado con el que tienden a retroalimentarse nuestras creencias y nuestras habilidades cognitivas no permite ser muy optimistas sobre que nadie pueda convencer a nadie. No es la inteligencia ni la percepción lúcida de los hechos lo que da lugar a las ideologías, ni tampoco lo que puede destruirlas. Se forjan a través de elementos bastante inconscientes como la inseguridad y el miedo, las necesidades de pertenencia social o de reconocimiento, y la atmósfera familiar, social y cultural en la que creces; y solo pueden revocarse a través de la apertura mental, la humildad intelectual y el honesto anhelo de conocimiento que se derivan de un proceso de transformación emocional y de sana maduración personal.

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