La psicología «oficial» suele pedirnos que aceptemos con naturalidad todas las emociones, nos dice que no hay emociones buenas ni malas, que vienen y se van solas, que debemos tomarlas como algo natural con un sentido adaptativo, y aprender más bien a gestionarlas y canalizarlas. Esta me parece una de las patrañas más generalizadas, asumidas y peligrosas en el mensaje habitual. Es necesario ser bastante más precisos: por supuesto que hay emociones negativas y obsoletas, auténticos fósiles emocionales vivientes que debemos aspirar a suprimir en la humanidad. Hay diversas emociones prehistóricas, cavernícolas, atavismos emocionales sobre los que conviene impulsar un cierto salto evolutivo. Validar la intención, propósito o funcionalidad adaptativa de nuestras reacciones emocionales no puede confundirse con darlas necesariamente por buenas en cuanto a sus resultados de hecho sobre nuestra vida.
Para no alentar los fallidos mecanismos de represión o negación emocional, es irónicamente torpe pretender negar el carácter negativo, dañino, de ciertas reacciones emocionales. Más vale decirnos la verdad respecto a que el auténtico problema es, más bien, esta cultura generalizada de intentar huir, controlar o luchar contra todo aquello que nos hace daño y nos disgusta, en lugar de fomentar la actitud de, precisamente, poner más esfuerzo de atención, contacto y comprensión hacia todo aquello que nos daña y disgusta de nosotros mismos (y de los demás), porque solo entonces podemos profundizar en el conocimiento que naturalmente nos orienta a las soluciones, que disuelve y nos libera de todas esas torpezas que nos acompañan. Cuanto más nos disguste y dañe una experiencia, mayor observación y atención cuidadosa debemos poner en ella y en toda su estructura. No se trata de controlar, gestionar o regular, sino de conocer. El conocimiento creciente hace innecesario el control, y muchas veces lleva a la simple no aparición de lo que supuestamente había que controlar.
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