Un profesor de filosofía solía decir que, en esta sociedad que hemos construido, aunque no todo se reduce al dinero sí que el dinero se ha convertido en un generalizado instrumento de medida de casi todas las cosas. Y como ejemplo de ello, decía:
– “La distancia entre la honradez y la sinvergonzonería de cada hombre puede medirse por la cantidad de dinero requerido para pasar de la una a la otra”.
Uno de sus alumnos preguntó entonces:
– “¿Intenta decir con ello que todos tenemos algún precio para actuar de manera corrupta?”.
Ante lo cual apostilló su profesor:
– “Cuando encuentres a alguien que afirme que todos tienen un precio, puedes asegurar que él es uno de los que lo tienen. Algún grado de riqueza o de poder sólo puede inducir la acción corrupta en quien tiene en su interior la semilla, más o menos grande, de la corrupción. Pero en las pocas personas liberadas de esa semilla no existe precio, porque no puede crecer lo que no existe, por mucho que se lo riegue”.
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