A lo largo de toda nuestra vida nos rodean los escritos, cursos y mensajes de todo tipo para que aprendamos diferentes estrategias de solución de problemas y conflictos, pero casi nadie, o nadie, nos transmite las comprensiones de raíz acerca de qué es y cómo se genera un problema o un conflicto, y los principios adecuados para no fabricarlos.

Nos enseñan los caminos hacia el éxito y la manera de lograr nuestros sueños, pero escasamente a dirimir el valor y adecuación de esos sueños, y a cuestionar qué hace más o menos importantes esos éxitos en nuestra vida.

Y es que nos enseñan a cumplir con nuestros deseos, pero no a comprender su relación con nuestras necesidades.

Nos enseñan a definir y alcanzar metas en la vida, pero no a clarificar, integrar y crear compromiso con valores; y de este modo, nos enseñan a enfrentar y superar el miedo al fracaso, pero no a orientarnos hacia objetivos sencillamente no fracasables.

Nos enseñan a mantener vivas la confianza y la esperanza, que son actos de fe y de creencia, pero no a cultivar la coherencia, como natural expresión de autenticidad.

Nos enseñan a defender nuestras opiniones y a pelear por nuestras convicciones, y tal vez a respetar las de los demás, pero no a desarrollar el conocimiento que trascienda y evidencie la futilidad de todas las opiniones y convicciones.

Nos enseñan que tenemos que ser nosotros mismos, pero no a reconocer de hecho qué somos.

Nos enseñan a nutrir nuestra autoestima, pero no a preservar nuestra paz interior.

Nos enseñan a sentirnos orgullosos de ser únicos, importantes y especiales, pero no a aceptar humildemente nuestra insignificancia y volatilidad, y a integrarnos en el común.

Nos enseñan a seducir, atraer y conquistar, pero no a ser y aceptar.

Nos enseñan a llenar nuestra vida de estímulos y experiencias, pero no a comprender y disfrutar del vacío, la sencillez y el silencio.

Nos enseñan a cambiar y a luchar, pero no identificar cuándo es apropiado rendirnos y permanecer quietos.

Nos enseñan que hay que hacer lo correcto, pero no a cuestionar los criterios que definen lo correcto.

Nos enseñan, en el mejor de los casos, a respetar la naturaleza en acto de benevolencia, pero no a comprender nuestra indisoluble pertenencia a ella y la forma de aprender a integrarnos en ella.

Nos enseñan a perseguir un estado de bienestar, pero no a defender un estado de dignidad.

Nos enseñan a vivir con intensidad, pero no a vivir del modo que permite morir en paz.

Nos enseñan lo que saben, nos enseñan lo que aprendieron.