Todo aquello que con más claridad e importancia necesitamos puede ser, no irónica sino lógicamente, lo que más rehuimos: no requerimos gran esfuerzo ni sacrificio para lo que ya funciona y dominamos, sino para todo aquello que necesitamos pero que aún nos queda lejos. Es justamente lo que ocurre con el silencio y la quietud. El silencio y la quietud son puertas que abren la trastienda de nuestra mente: cuando no hay ruido fuera, cuando no hay distracción y fácil entretenimiento, escuchamos más el ruido que viene de dentro. Entonces podemos sentir como nuestras incoherencias nos golpean, como vuelven nuestros traumas, cómo tensan nuestros miedos, cómo exigen nuestras frustraciones, cómo golpean repetidamente nuestras dudas… El silencio y la quietud parecen dejarnos indefensamente expuestos a una mente herida, agitada y temerosa que busca consuelos, que llora, que patalea o que forja escudos. Por eso queremos huir, por eso la mente busca estar siempre ocupada.

Y por eso es tan importante practicar el silencio, la quietud, la mera contemplación, la baja velocidad… porque permiten que se abran las brechas del autoconocimiento, y con él, la única posibilidad de conocer la verdad de lo que hay también fuera de nosotros. Porque, si hay verdadera curiosidad, el silencio y la quietud nos permiten escuchar con atención y sin distracciones nuestro propio dolor y nuestro ruido, penetrar e indagar en él, llegar tal vez a comprender nuestro desorden. Y entonces, solo entonces, podrá empezar a aparecer orden adentro. Y entonces, solo entonces, podremos crear orden afuera.

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