No solo es fuertemente complicado que las personas individuales vivan con una adecuada salud mental si se desarrollan y desenvuelven en entornos y condiciones patológicas, sino que, en la dirección recíproca, solo desde las personas con una estructura mental bien saneada podemos esperar que se produzca una acción de transformación social duradera y adecuadamente transformadora. Cuando lamentablemente hay una mente aún muy herida por carencias, traumas, miedos, complejos, tal vez adoctrinamientos y demás, todo ello va dando lugar a distintos mecanismos de defensa y esfuerzos de equilibración y compensación que conforman algún tipo y grado de estructura limitante o neurótica (visión parcial y cortoplacismo, apegos dependientes, hipercontrol obsesivo, mala gestión empática, dominancia, compulsividad, polarización…). En estos casos, tratarse a su vez de una mente muy inteligente y habilidosa suele traducirse en un verdadero peligro, porque lo más habitual es que esa inteligencia no esté al servicio de combatir los desequilibrios y diluir la neurosis y las carencias, sino al servicio de reforzarlas, justificarlas y probablemente abanderarlas en su externalización social (apego dependiente y rígido a identidades, símbolos e ideologías, búsqueda de soluciones cortoplacistas, sobregeneralización en cuanto a las filias y fobias que se establecen respecto a otros grupos sociales, ilusionismo tecnológico, pensamiento mágico, actitudes de conmigo o contra mí, competitividad y ambición desmedida normalizadas, orgullo tribal narcisista, etc.). ¿Por qué tiende a ocurrir tal cosa? Porque, en general, las personas estamos mucho más inclinadas a racionalizar para apuntalar con cierta coherencia nuestras emociones y estructuras previas que a razonar sobre ellas para tal vez desactivarlas, y la diferencia entre esas dos cosas es tan abismal en su realidad como parecida en su disfraz.
En el más íntimo y a menudo inconsciente sufrimiento, o en la más íntima paz interior de las personas, se encuentra el verdadero jefe que guía los ejércitos de su inteligencia, tanto en su manifestación personal como social. Por ello, cuando se trata de pensar en los individuos más capacitados para dar arreglo a las cosas en verdad importantes, cuando se trata de pensar en liderazgos y en acciones de impacto para la comunidad, es mucho más apropiado buscar primero entre los mental y emocionalmente más sanos antes que, desde ahí, hacerlo entre los más inteligentes y formados.
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