Tal como ocurre con todos los demás animales, es muy improbable que el ser humano de tiempos primitivos tuviera serios problemas con la motivación. Cuando en la vida del cazador-recolector (aquella en la que fueron diseñadas las estructuras corporales y mentales que hoy día seguimos atesorando) se trataba de buscar comida o refugio, difícilmente habría procrastinación ni sufridos conflictos motivacionales. Entonces raramente podía haber vagos, gandules o perezosos. Nadie muere de hambre o se queda bajo la tormenta por pereza.

Estas dificultades relacionadas con la voluntad y los sufridos esfuerzos motivacionales son uno de los muchos efectos secundarios del progreso humano, de la desviación creciente de nuestros entornos y circunstancias de vida respecto de nuestra naturaleza biológica. Nuestro organismo no está diseñado para trabajar ocho horas diarias, para levantarse cuando suena un despertador, para hacer deporte programado, para estudiar cursos y oposiciones, para renunciar a alimentos fácilmente disponibles… Nuestros días se llenan de tareas que tal vez ahora son precisas y nos conviene hacer, pero para las que nuestros cuerpos y mentes no están naturalmente dotados, y ante las que, lógicamente, surgen todo tipo de dificultades de motivación y energía. Es por ello que requerimos de nuevas y artificiosas estrategias y habilidades cognitivas, emocionales y organizativas que a unas personas les cuesta más que a otras desarrollar y asimilar, y que continuamente muestran “averías”.

 ¿El problema es que estamos mal diseñados, o que estamos naturalmente diseñados para un mundo bien diferente al que nos es dado? El desgaste cotidiano, el sentimiento de vacío, la culpabilización por nuestras “taras” individuales, así como el “escaqueo”, la holgazanería y el parasitismo social, están así servidos. Lo anterior no es una justificación de nada, pero sí un acercamiento a la explicación. Y solo desde la comprensión causal de los problemas pueden ser estos adecuadamente abordados. Cuanto más comprendes, menos juzgas (la realidad de la vida no se define por la moralidad, sino por la causalidad), y más posibilidades tenemos de resolver.

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