La idea generalmente asumida de que cada ser humano es natural y esencialmente libre resulta tan acientífica, absurda y prepotente como lo sería asumir que somos natural y esencialmente sabios. Pero la paradoja estriba en que reconocer y asumir nuestra ignorancia es justamente lo que nos permite ir ampliando grados de sabiduría, del mismo modo que reconocer y asumir nuestras limitaciones y condicionantes de todo tipo es lo que nos permite ampliar grados de libertad.
Y en esta tesitura se enmarca la siguiente comprensión: que esa idea tan extendida de que la libertad personal consiste en fluir haciendo a cada momento lo que nos apetece es profundamente simplista y peligrosa. Porque la ampliación de nuestra libertad va unida a la reducción de nuestras tiranías, conflictos y contradicciones internas, a la ampliación crítica y consciente de unos valores, a la consecuente elección de unos buenos hábitos y a la disciplinada coherencia con ellos. Ganar libertad implica dirigir nuestros esfuerzos hacia lo que sabemos que nos conviene, y eso puede ser, con demasiada frecuencia, exactamente contrario a lo que nuestros impulsos y apetencias nos piden.
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