Es una constante que las personas procuran mejorar su autoestima atendiendo a sus cualidades, a sus méritos, a aquello que se les da bien o que las adorna de manera atractiva. «Mi autoestima va por etapas», es el tipo de mensaje que transmiten algunas personas. Pero la verdadera autoestima nunca va por etapas, y esto no es aumentar la autoestima sino inflar el ego, cuando justamente una sana autoestima lo diluye.

Si condicionamos la autoestima y el amor en general a los méritos y cualidades, ¿qué deberíamos hacer entonces con esa persona poco agraciada, algo arisca y no muy inteligente? ¿Tirarla por la ventana? ¿Sobre qué base amarla? Si la autoestima no es incondicional, si no ocurre por el hecho de existir y estar vivo, entonces no es en verdad autoestima, sino tan solo una trampa del ego, una competición, una carrera y un autochantaje emocional en el que quedamos atrapados.

Sentimos que un bebé es digno de amor por el hecho de existir, pero, ¿cuándo y cómo desde ahí se empiezan a «perder los puntos» y a ir dejando de ser dignos de un trato amoroso?

Nuestra generalizada cultura de la autoestima se ha convertido en una mera internalización de la cultura del ego, en un hacer tuyo el convencional listado de condiciones a cumplir para ser aceptado, aprobado y querido.

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