Si fuese el caso que usted mantiene una perspectiva vegana, podría parecerle una indignante falta de sensibilidad y empatía con los animales que una mayoría de la gente asuma con tanta normalidad hacinarlos y comerlos, e incluso que pise sin reparos a una araña o a unas hormigas. Incluso si no tiene esa perspectiva y no siente lo anterior, es posible que sí le parezca una desalmada falta de conciencia y sensibilidad que tantas personas defiendan y disfruten la tauromaquia o las peleas de gallos, justificando sin reparos que un toro reciba banderillas, punzadas y estocadas para mero disfrute bajo el pretexto de la tradición, el arte y la naturaleza combativa del toro; pero a la vez puede sorprenderle que esos mismos defensores de la tauromaquia sean personas cultas, padres cariñosos y nobles ciudadanos que nunca dañarían a otra persona. La práctica totalidad del hombre moderno, incluidos los amantes de la tauromaquia, consideraría una aberración que se celebraran luchas a muerte de gladiadores esclavos, pero es posible comprender que, en su condicionamiento cultural, la mayoría de ciudadanos respetables de la antigua Roma disfrutaran de estos espectáculos sin ningún reparo. Y muchas de las personas que abusan salvajemente de otras pueden mostrarse a menudo como seres educados y bastante equilibrados en los demás ámbitos de su vida.
La cuestión es: ¿dónde hacemos el punto de corte para hablar de desalmados que, por su intencionada y malévola inquina, hacen lógica, inevitable y adecuada nuestra rabiosa indignación? Podríamos plantearnos la posible conveniencia de prohibir decididamente la tauromaquia, las peleas de gallos, el maltrato animal y las luchas de gladiadores esclavos, así como establecer esa prisión perpetua al violador en serie y al pedófilo reincidente, sabiendo que todos ellos hacen, piensan y sienten ni más ni menos que aquello que posibilita la estructura cerebral con la que están configurados. Y la rabia no juega ningún papel necesario ni conveniente en esa determinación.
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