Los afectados por la DANA de Valencia y Castilla la Mancha están recibiendo una enorme y encomiable solidaridad por parte de multitud de voluntarios, de ciudadanos anónimos de toda España. Pero no está de más señalar un factor fundamental que ha movilizado este nivel de ayuda, y que explica, en el otro lado de la moneda, un alto nivel de desidia en otros casos (además del poner o no las situaciones repetidamente ante nuestros ojos).
Se trata de la afinidad en cualquiera de sus formas. El sufrimiento de aquellas personas que sentimos afines por razón de patria, raza, costumbres, ideología, religión o incluso de intereses, despierta generalmente una sensibilidad empática mucho mayor que el sufrimiento de aquellas otras personas que pertenecen a otros territorios, modos de vida o a otros sistemas de pensamiento. En relación con este mismo factor, la afinidad, y la empatía y solidaridad consecuentes, se potencian fuertemente cuando sentimos que el drama nos podría haber pasado a cualquiera de nosotros, en cualquiera de nuestras ciudades, y que de hecho podríamos ser en cualquier momento los siguientes. Se trata de personas tan “normales” como cualquiera de nosotros, trabajadores, ciudadanos integrados de clase media que en unos minutos han caído a lo más bajo. La identificación, por tanto, es muy fácil, y la motivación de ayuda se ve enormemente facilitada.
Es un mecanismo psicológico comprensible, pero que, en el otro lado de la moneda, explica por qué existen tantos “nadie” que apenas reciben empatía y ayuda, tantos ignorados, tantos seres sufrientes dejados a su suerte en todas las partes del mundo, incluso en las calles de nuestro mundo más cercano. Y es que no son las barbas de nuestro vecino las que vemos cortar.
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