Ante la adversidad y las contrariedades, ante los retos y las dificultades, la estrategia usual de las personas para obtener tranquilidad es intentar confiar en que las cosas saldrán bien, trabajar denodadamente y confiar en su esfuerzo y en sus capacidades para superar los problemas, y así, por ejemplo, aprobar esa oposición, superar esa enfermedad, llevar a buen término ese embarazo o encontrar ese trabajo…
Pero confiar en el éxito y trabajar por él es solo una parte del asunto, porque lo que da cimientos y sostenibilidad a la tranquilidad no es saber triunfar, sino saber fracasar. ¿Cuál es su capacidad para gestionar un suspenso, una pérdida o abandono, un rechazo, un aborto, etc.?, ¿cómo de preparado está para gestionar su real impotencia, lo incontrolable, lo frustrante?
Ante el eventual desplome de su ilusionante vuelo, ¿dispone de paracaídas? Porque solo en tal caso, salvo que sea un aviador iluso e ingenuo, podrá volar lo bastante tranquilo. Nuestros temores y preocupaciones repetidas, esas que intentamos acallar, no son más que desatendidos avisos de prudencia que nos envía nuestro subconsciente, el cual nos sabe poco preparados para encarar y aceptar ciertas posibilidades.
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