Dado que debido a nuestro cerebro estructurado para el cortoplacismo el ser humano solo tiende a corregirse cuando la necesidad apremia, las personas poseemos la tendencia a oscilar y golpearnos entre extremos problemáticos, y cuando históricamente empieza estallar la sinrazón de una tendencia se inicia el movimiento pendular hasta la sinrazón de la tendencia opuesta. Esto ocurre en muchas cuestiones de nuestra vida. Una de ellas es el uso simplista y pernicioso hacia el que se desbocó la filosofía del pensamiento y la psicología positiva, con claros sesgos y errores que han propiciado una especie de religión positivista bastante fatídica, una falsa pretensión de vidas “happy guay”. Ante este despropósito, recientemente empiezan a emerger cada vez más textos críticos que, “para que nos dejemos de tonterías peligrosas”, defienden la idea de que en verdad no existen emociones negativas, que reacciones como la rabia, la culpabilidad, los celos o la envidia son también naturales, valiosas y útiles para nuestra vida, y que por tanto debemos validarlas y aprender simplemente a encauzarlas del modo menos lesivo posible. Pero desde el absurdo de la autoayuda simplista podríamos estar pasando hacia el absurdo de los nuevos libros de autoayuda y los nuevos mensajes que tiran por tierra a los libros de autoayuda, porque ahora parece guay asumir que estar jodidos también es bueno, que enfadarse en cierto grado es conveniente, y que nuestras imperfecciones nos embellecen. La alternativa a culparnos por nuestros errores e imperfecciones no puede ser normalizarlas, justificarlas ni darlas por buenas.

Frente al penduleo entre absurdos, creo que hay que poner en valor el típico dicho murciano de “una cosa que esté bien”, y la verdadera y sensata divulgación psicológica que tantísima falta hace. Todos los extremos contienen una parte de verdad, y una parte de sesgo y sobresimplificación. Es fácil confundir la conveniencia de aceptar y no reprimir ciertas emociones con darlas por válidas, es fácil confundir lo natural con lo adaptativo (perdiendo de vista que cada vez vivimos en contextos menos naturales), y es fácil confundir el propósito útil de nuestras emociones con su utilidad de hecho. Porque nos habitan algunas emociones literalmente cavernícolas, obsoletas, auténticos fósiles vivientes que requieren aceptación, indagación comprensiva y, como resultado de ello, su oportuna y progresiva desinstalación.

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