Reproducción de mi artículo publicado en la revista Salud21 (abril de 2026):
Hay una situación que cada vez se repite más: las consultas de psicología se van llenando de personas cuyos problemas y síntomas no encajan en ningún diagnóstico, en ninguna patología concreta. Son personas funcionales, responsables, razonablemente adaptadas, que llegan con una sensación difícil de nombrar: cansancio sin causa clara, inquietud persistente, desánimo sin tristeza profunda, una vida que sigue adelante pero no se siente habitada. No están mal del todo. Y precisamente por eso, no saben qué hacer con lo que les pasa.
Durante mucho tiempo hemos aprendido a reconocer el sufrimiento cuando adopta formas claras: depresión, ansiedad intensa, crisis, duelo, trauma. Hay palabras, diagnósticos, explicaciones. Pero hay otro tipo de malestar, más silencioso y más extendido, que no encuentra fácilmente su lugar en ese lenguaje. No incapacita del todo, pero erosiona. No paraliza, pero desgasta. No estalla, pero acompaña. Es un malestar compatible con una vida aparentemente normal. Y eso lo vuelve especialmente desconcertante.
Vivimos en sociedades donde parece que muchas cosas funcionan. No todas, no para todos, pero lo suficiente como para que la pregunta por el sentido de las cosas resulte incómoda. La vida nos da opciones, estímulos, posibilidades. Hay libertad formal para elegir estilos de vida, trayectorias, identidades. Y, sin embargo, cada vez más personas viven con la sensación de estar cumpliendo con algo que no acaban de entender. Siguen el guion —estudiar, trabajar, producir, criar, sostenerse, adaptarse— sin poder decir claramente para qué. No es que la vida sea insoportable, es que no termina de ser propia. Y así abundan las expresiones como “Voy tirando”, “No me puedo quejar”, “Supongo que es lo que hay”. Frases que no denuncian nada concreto, pero tampoco expresan vidas medianamente satisfechas.
Hay algo profundamente inquietante en vivir mal cuando, en teoría, se vive bien. Porque pone en cuestión una creencia muy arraigada: que si las condiciones externas son razonables, el malestar solo puede ser un fallo individual. Desde esta lógica, si algo no funciona, hay que ajustarlo: mejorar la actitud, cambiar hábitos, gestionar mejor las emociones, pedir ayuda para volver a rendir, a disfrutar, a encajar. Entonces vivir mal no solo duele: culpabiliza. Porque rara vez se cuestiona el marco completo. Y, sin embargo, quizá el problema no sea que algo funcione mal, sino que funcione demasiado bien para producir sujetos adaptados, pero no necesariamente vidas habitables.
Plantear que el malestar pueda tener que ver con la forma en que vivimos —y no solo con cómo gestionamos lo que sentimos— genera resistencia. Porque obliga a desplazar la pregunta del interior de la persona al conjunto de nuestro sistema de vida. Ya no es solo “¿Qué me pasa?”, sino también “¿Qué tipo de vida estoy viviendo?”. Y más aún: “¿Desde dónde he aprendido a vivirla?”.
Estas preguntas no tienen respuestas rápidas. Y quizá por eso se evitan. Resulta más sencillo intentar sentirse mejor que revisar los supuestos que organizan la vida cotidiana. Pero cuando el malestar insiste, cuando no se resuelve a pesar de los intentos, quizá esté señalando algo más profundo que un desequilibrio puntual. Porque no todo malestar indica un fallo personal. A veces indica un desajuste entre el modo en que vivimos y lo que somos capaces de sostener como seres humanos.
Pero si el problema no es solo cómo te sientes, sino cómo has aprendido a vivir, entonces sentirse mejor puede no ser la solución que parece. Sentirse mejor puede convertirse entonces en una trampa sutil: alivia lo suficiente como para no cuestionar el fondo, pero no transforma lo necesario para vivir de otra manera.
Los síntomas propios deben ser escuchados, y requieren mucha autoempatía. Silenciarlos demasiado rápido puede ser eficaz a corto plazo, pero empobrecedor a largo. Porque el malestar también informa, aunque lo haga de forma torpe y desagradable.
Desde la perspectiva de los profesionales de la psicoterapia, si la pregunta implícita es “¿cómo ayudar a esta persona a encajar mejor en lo que ya hay?”, entonces la psicología puede volverse ciega a otra posibilidad: que lo que haya no sea del todo vivible, al menos no sin un coste subjetivo elevado. No se trata de negar la responsabilidad individual ni de idealizar el conflicto. Se trata de reconocer que no toda dificultad psicológica es un fallo interno. A veces es la expresión de un choque entre la persona y el marco que habita.
Los problemas estructurales —precariedad, sobreexigencia, aislamiento, aceleración constante— no deberían traducirse sistemáticamente en diagnósticos individuales, porque entonces ocurre algo llamativo: el malestar se privatiza. Cada persona debe trabajar lo suyo, gestionar lo suyo, sanar lo suyo. El contexto queda intacto. La vida sigue igual. Y la psicología, sin quererlo, puede acabar colaborando en esta lógica.
Esto no significa que la terapia sea inútil ni que deba convertirse en militancia social. Significa que necesita criterios éticos, no solo técnicos. Necesita preguntarse no solo cómo aliviar, sino qué tipo de vida está ayudando a sostener.

Fantástica exposición.