Si una cultura promueve la competitividad permanente, la auto exposición constante y la evaluación continua, no es extraño que aparezcan ansiedad e inseguridad. Si el valor personal se asocia al rendimiento, no es extraño que el descanso genere culpa. Si el éxito se mide en comparación con otros, no es extraño que la confianza y la satisfacción sean frágiles. Si la felicidad se confunde con acercarse a los placeres y huir de los dolores, resulta inevitable una excesiva orientación al miope cortoplacismo.
En ese contexto, el sufrimiento deja de ser únicamente un problema individual y empieza a revelar algo que es verdaderamente estructural. Esto no significa que el entorno lo explique todo; tampoco que el individuo sea una víctima pasiva que debe dedicarse a la queja. Significa que la frontera entre lo psicológico y lo cultural es tremendamente porosa, que es mucho más permeable de lo que solemos admitir.
Buena parte de la psicología contemporánea ha centrado sus esfuerzos en ayudar a las personas a regular mejor lo que sienten y piensan. Yo también lo hago, desde luego. Y eso tiene valor. Pero cuando esa intervención se limita a reducir síntomas sin revisar el marco vital que los genera, corre el riesgo de convertirse en una herramienta de adaptación acrítica, de mero amoldamiento.
Aprendemos a respirar mejor en medio de la presión, a reinterpretar pensamientos para que duelan menos, a gestionar emociones para que no interfieran. Y todo eso puede aliviar. Pero el alivio no siempre indica que la vida esté mejor orientada, como la cierta anestesia de un medicamento para el dolor no significa que la lesión haya mejorado; de hecho, el alivio puede convertirse en algo global y profundamente contraproducente: porque hace llevadero el disparate y contribuye, así, a perpetuarnos en él.
Hay una pregunta que rara vez se formula con la suficiente profundidad: ¿me estoy adaptando a algo que merece ser cuestionado?
Si la respuesta es sí, entonces la adaptación puede ser una forma sofisticada de resignación. Y creo que con demasiada frecuencia los psicólogos trabajamos, así, al servicio del sistema, en lugar de alzar la voz para cuestionarlo profundamente.
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