Aunque últimamente se está poniendo de moda la negación de la psicobiología, e imponiéndose de nuevo el mito de la tabla rasa, lo cierto es que el diseño evolutivo imprime en las personas una serie de tendencias psicobiológicas en términos de capacidades y actitudes. Una de estas tendencias que responde a la lógica de nuestra larga evolución es el pensamiento tribal, que no es sino una extensión del pensamiento egocéntrico. Este siempre ha generado disputas y competición por los recursos de distinto tipo, pero podía ser medianamente manejable en momentos históricos muy lejanos de baja densidad poblacional en el planeta.

Actualmente, en cambio, con casi ocho mil millones de humanos en la Tierra, con los recursos naturales en disminución acelerada y los ecosistemas colapsando, el pensamiento tribal nos da una dirección absolutamente devastadora como especie. Ya sea que ese pensamiento tribal se exprese a través de comunidades, naciones, ideologías o razas.

Y es como especie humana, y no como tribu de cualquier tipo, como únicamente cabe pensar en soluciones reales a los problemas nucleares que nos acucian. Pensar como especie implica cosas como priorizar el bien común del planeta por encima de cualquier prebenda particular o territorial, relegar a un muy segundo plano el exitoso mito de la meritocracia como pretexto para sostener diferencias y privilegios insostenibles, o el desarrollo, para todo ello, de una gobernanza común para este mundo ya intensamente interconectado y empequeñecido.

Pero la tendencia al pensamiento tribal es capaz de las más encendidas y habilidosas defensas para persistir. Nada hace vislumbrar que estemos medianamente cerca de dejarlo atrás. Y es que acabar con el egocentrismo tribal que nos conduce hacia la autodevastación requiere de un auténtico salto paradigmático. Podemos seguir discutiendo visceralmente por el color de las paredes, la posición de los muebles o la calidad de los cuadros y los manteles, pero lo que se cae definitivamente son los cimientos.