Aunque a lo largo de la historia se ha exaltado la conquista de la libertad, lo cierto es que esta no forma parte del repertorio de necesidades naturales que mueven al ser humano, sino que más que una necesidad es una condición de posibilidades, el abanico de opciones en el que podemos movernos para buscar dar satisfacción a las necesidades que sí tenemos. El individuo que siente básicamente satisfechas sus necesidades ya no necesita más amplitud ni más libertad, pues esta solo le resulta particularmente importante para acceder a esas satisfacciones que ya posee. Es por ello que solo pelea por su libertad quien sufre carencias significativas, y que necesita abrir nuevos caminos para darles respuesta.

Esta dinámica del funcionamiento humano es algo que siempre han sabido bien los dictadores y los corruptos que han usado la estrategia de dar “pan y circo” al pueblo. El vergonzante contrato implícito entre las partes es: “Yo me esfuerzo en que dentro de la jaula que te otorgo puedas satisfacer tus necesidades fundamentales, y tú miras para otro lado mientras yo inflo mi ego y me muevo en la abundancia”. Y el contrato es vergonzante porque es progresivamente anestesiante, porque siempre está condenado a un recorrido cortoplacista, porque forma parte de una flagrante falta de honestidad, de autorresponsabilidad y de perspectiva respecto a lo que puede otorgar un duradero equilibrio en la mejor satisfacción posible de nuestras necesidades.