Cuando se alude a los riesgos y peligros de las nuevas tecnologías (móviles, redes sociales e internet en general, como cualesquiera otras tecnologías avanzadas) se escucha repetidamente esa monserga de que las tecnologías no son malas ni buenas en sí mismas, sino que depende de cómo se usan, y que, por lo tanto, lo que se precisa es más educación y conciencia acerca del su buen uso. Y aunque en rigor tal cosa es cierta, se trata de una monserga por lo mismo que lo sería decir que poner un buen montón de pequeños y delicados objetos del hogar al alcance de un niño de dos años no es bueno ni malo, sino que lo que se requiere es educar al niño y darle conciencia para que no rompa ni se trague esos objetos. Pues no, lo más sensato es tomar en cuenta la naturaleza del niño y evitarle esas tentaciones que superan su capacidad de autocontrol y conciencia, para que así pueda fluir sin peligros.

En El Mundo Necesita Terapia (2013) desarrollé y justifiqué esta cuestión como un elemento nuclear en la patología del mundo: en multitud de aspectos hemos creado una complejidad y una tecnología tan avanzadas que superan con mucho las capacidades naturales del ser humano para su gestión eficaz, y todos los problemas que se derivan de ello pretendemos solucionarlos con nuevas tecnologías y complejidades, y con más “educación y conciencia” de la que es sensato pretender establecer y de la que de manera generalizada somos capaces de asimilar. “Construimos una cuchara tan pesada que no somos capaces de sostenerla para poder comer, y entonces fabricamos un sistema de poleas para poder mover la cuchara, y a continuación un robot que supera en potencia y rapidez al sistema de poleas, y otra máquina para limpiar los desechos del robot, y… Pero perdemos de vista que lo importante es comer, y que para ello no hacían falta tantas alforjas”.

Lo que una adecuada educación y una profunda y amplia conciencia nos revelarían es que tras todo nuestro progreso tecnológico seguimos siendo “animalicos”, que deberíamos aceptar los límites de nuestra naturaleza física y mental, así como los de la naturaleza en la que nos insertamos, y en base a ello empezar a “recoger hilo”, a descomplejizar de manera importante nuestros sistemas de vida, acercarlos a todo lo que permita una mayor fluidez natural, y dejar de ponernos figuritas de cristal al alcance de nuestras infantiles manos. Porque tantas alforjas están colapsando nuestro viaje.
El único sentido de ir es descubrir que, en muchísimos sentidos, debemos volver.