Entre el gremio de los psicólogos es frecuente escuchar y leer acerca de que, en tanto que somos personas, estamos prácticamente tan sujetos como cualquier otro ser humano a experimentar el sufrimiento ante las dificultades de la vida, y que la capacitación técnica para ayudar a otros y el conocimiento psicológico es una cuestión relativamente independiente de eso. Este es un texto de opinión, debatible sin duda, pero mi opinión aquí es clara: no puedo estar de acuerdo. Y no puedo dejar de tener la sensación de que este planteamiento es no ya una forma de mostrar nuestra humanidad, sino una manera de excusar nuestra probable incoherencia y nuestra incompetencia. La coherencia y la competencia del profesional de la psicología van estrechamente de la mano, de un modo mucho más insalvable e inexcusable que en tantas otras profesiones. Y son las “asignaturas” más difíciles, y las que nunca pueden considerarse bien superadas.

Obviando el hecho de que el profesional de la psicología, y más especialmente de la psicoterapia, no es inmune al dolor emocional, su facultad para gestionar de un modo significativamente mejor que el promedio de la población los avatares de la vida es un requisito y un síntoma nuclear de su calidad profesional. Existe, o debe existir, un compromiso por la propia transformación personal hacia la coherencia con nuestro predicamento de aquellas estrategias y comprensiones que fundamentan el equilibrio y la buena gestión de emociones y comportamientos. Un trabajo este siempre inacabable e imperfectible, pero en definitiva una dirección que determina de manera muy poderosa la manera en que transmitimos e influimos en los demás. En una amplia medida “curamos” por lo que somos, y no solo por lo que hacemos, en tanto en cuanto una cosa viene muy determinada por la otra.

Si bien ningún psicólogo, ni por supuesto yo mismo, estamos libres de poder vernos quebrados por un problema emocional, no es defendible que esto pueda ocurrir y discurrir con la misma facilidad que en cualquier otra persona ajena a nuestra profesión. Hasta que no entendamos que ser psicólogo es mucho más difícil que ser graduado en psicología, y que requiere un fuerte compromiso tanto personal como profesional, nos estaremos haciendo un flaco favor. Que la perfección no existe es obvio, tampoco para el psicoterapeuta, y por tanto el nivel de fallas y vulnerabilidades que podemos presentar es diverso. Pero eso no puede estar al nivel de cualquier persona media. Demostradamente, nuestro nivel de eficacia profesional debe un muy alto porcentaje a las propias habilidades personales y relacionales, a la congruencia, a la autenticidad, capacidad de empatía, libertad mental, conciencia sistémica, etc. por encima de lo que ocurre en cualquier otra profesión. El compromiso por desarrollar de continuo todos estos aspectos es por tanto una cuestión no sólo de interés personal, como para cualquier ser humano, sino también de responsabilidad profesional. Cuando por circunstancias del tipo que sea el desequilibrio del terapeuta es significativo, entonces simplemente creo que hay muchas cosas a las que dedicarse, pero no a la psicoterapia. En esto, personalmente tengo una visión bastante exigente, y no me refiero sólo a patologías o desequilibrios medianamente cotidianos, sino que creo que un buen terapeuta ni siquiera puede permitirse tener ideologías de cualquier clase. Es algo, ciertamente, de alta exigencia.

Los psicólogos tenemos bastante fama de ser los primeros desequilibrados, y si bien es cierto que las personas que más visceralmente reniegan de la utilidad de los psicólogos y de la Psicología misma suelen ser las que más claramente lo necesitarían, es también cierto que hay un alto porcentaje de jóvenes con significativos problemas emocionales que estudian Psicología por motivaciones personales e inquietos por las propias soluciones, si bien el resultado suele ser que, incluso mejorando algo, estas personas son luego psicólogos que siguen arrastrando déficits importantes (sencillamente porque la carrera en sí es mínimamente o nada curativa a ese nivel). Eso explica en buena medida que haya tantos titulados que dejan bastante que desear en su propio ejemplo.

Creo que lamentablemente las soluciones están muy lejos de darse a nivel oficial, porque implicarían cambiar de manera sustancial los programas formativos, contemplando de manera obligada para acreditar el título un trabajo personal y el acopio de unas actitudes que son complejas de evaluar y que implicarían repensar todos los planes formativos.
Por este y por otros varios motivos soy enormemente crítico con la formación que usualmente se da a los psicólogos en general y a los psicoterapeutas en particular, pero también soy consciente de que en último término hay algo que depende estrictamente de la actitud, responsabilidad y compromiso de cada profesional. En definitiva, 
este requisito es la parte más difícil y característica de nuestra profesión, la que prácticamente no se contempla en los planes de formación profesional, la más difícil examinar y cuantificar, la que nos pone en el más delicado punto de mira, y la que requiere una profunda reflexión y debate en el seno de nuestra profesión, para alcanzar una -entiendo yo- significativa reestructuración de la misma desde sus primeros pasos.