Hace meses escribí el guión de un pequeño drama teatral titulado Efecto Dominó, que contiene la recitación en escena de este poema, el cual gestó inicialmente la idea de la obra. Aunque su publicación estaba prevista en un libro coral del grupo literario Picoesquina para la pasada Feria del Libro, espero que en momentos más propicios pueda ver por fin la luz. La escena, ni lo imagino.

EFECTO DOMINÓ

Garbillé grumos de tierra entre mis dedos
y ni un pequeño gusano atesoré;
grité con el último hálito del alma
que del amor sólo conocía su hambre,
pero ni la compañía triste y ruda
del eco de mi grito recuperé,
pues se perdió como un zumbido en el enjambre;
hasta golpeé mi dolor contra las piedras
para despejar la última duda,
y sin apenas el colchón de la fe.
Nadie. Sólo lágrimas y sangre.

Siempre tan pequeño ante el infinito,
tan baldío el grito de que existo…
Sí, así se forjó mi espíritu,
con fuego oscuro y hierro frío,
ignorado por todas las reglas,
con asfixia en el invierno
y tiritando en el estío.

Ahora, camino solo,
agrietando la tierra a cada paso,
apagando sonrisas,
creando ocasos.
Enfrío las miradas y cierro las manos
que erradas osan hacerme caso;
reparto la bonanza de mi oscuridad
con generosa displicencia,
y otorgo a la indiscriminada venganza
todo el favor de mis talentos
y la más calculada paciencia.

¡Protegeos!, ¡alejaos de mí!,
pues atravesé el umbral
donde ya sólo hay despojos,
donde se congrega el oscuro clan
de todos los que agotamos
los lamentos del corazón
y las lágrimas de nuestros ojos.